lunes, 17 de marzo de 2014

RELATO: SORPRENDENTE PRIMERA CITA...



Hola Tentempitos

El Equipo de Tentempié Literario, (de la mano de Rubén y Silvia), inaugura esta sección con un relato propio, escrito para la ocasión. Este relato consta de tres narradores. Dos en primera persona, (el chico de la mano de Rubén y la chica de la mano de Silvia), y otro en tercera persona, que pondrá el broche final. Vais a distinguir muy fácilmente cada parte, porque tiene diferente tipo de letra...

Esperamos que disfrutéis leyendo este relato tanto como sus dos autores escribiéndolo. Y ahora sí... Os dejamos con...

SORPRENDENTE PRIMERA CITA...

¡Menuda sorpresa! esto sí que es dar un giro de ciento ochenta grados a la noche. Y pensar que antes de que nos sirvieran el primer plato estuve a punto de tirar la toalla y largarme, ¡lo que me habría perdido! Ahora mismo, ella no tiene cara de estar pasándolo bien, seguramente el agente que la ha interrogado no tenía tanta gracia como el que me ha tocado a mí, hay que tomárselo con humor, porque lo que se ha encontrado la pobre al volver del baño no tiene ni pies ni cabeza, ¡si no nos reímos, nos echamos a llorar!

¡Si me pinchan, no sangro! Esta noche ha sido la más surrealista de mi vida.  He estado a punto de preguntarle al agente que me ha interrogado hace cinco minutos que dónde estaba la cámara oculta. ¿Lo mío es mala suerte? ¡Qué va! Sólo me he cruzado con un gato negro, se me ha roto un espejo, debe ser martes trece y al llegar al restaurante he debido  pasar, sin darme cuenta, bajo una escalera… Y es que si pensaba que las cosas ya no podían salir peor, al regresar del baño pude comprobar que la noche me tenía preparada más emociones, al descubrir semejante “pastel”… ¡Menuda sorpresa! 

La noche no empezó como imaginaba, claro está que nunca suele ocurrir como espero. De ella no me puedo quejar, cuando reconocí el brazalete azul, la verdad es que me gustó. Buena figura, arregladita, aunque quizás ese vestido era un poco excesivo con una chaquetita vaquera que sí que me gustó. La cosa es que hay chicas que a dónde vayan, parece que se preparan para una boda o algo así. 

La noche no empezó como yo esperaba, es más, comenzó justo como NO esperaba. No sé qué he hecho mal para que la cita haya sido un completo desastre. Me he tirado dos horas y media arreglándome, poniéndome este coqueto vestido de flores que me compré hace unos días especialmente para esta cita, me he colocado mis mejores zapatos, me he retocado el maquillaje en dos ocasiones… ¡No lo entiendo! Aunque, creo que ya sé lo qué ha pasado… ¡La chaqueta vaquera! No la he estrenado hoy, tiene ya un par de temporadas y, claro, la cita se ha ido al traste. Mira que me lo decía mi abuela: “Cuando vayas a tu primera cita tienes que estrenar hasta las bragas.” ¡Cuánta razón tenía mi bendita abuela!  

Ella sonrió al ver la chapa, o eso creo, lo que significa que yo también le gusté, tiene que ser cosa del pendiente, las vuelve locas, y más si lo lleva un jovencito rubio de ojazos verdes, aunque igual tendría que haberme ahorrado la merienda hace unas horas, estaba un poco hinchado. De todos modos, ¿por qué iba a fijarse en mi pequeño problema de hinchazón teniendo unos firmes pectorales justo arriba? Y si eso no le valió, ahí tenía mis ojos, que se centrara en ellos.  Cuando la tuve delante dudé, pero enseguida se me vino un buen piropo, y alabé su, sin duda, elaborado peinado.

Cuando vi su chapita en la camisa sonreí. ¡Si no quieres sopa, toma dos tazas! El chico era y, tengo que reconocer, que sigue siendo guapo. Pero si hay algo que no soporto de un tío es que sea más bajo que yo cuando voy con tacones y, con mis taconazos, le sacaba tranquilamente cinco centímetros. Ni que decir tiene que ese diamantito de la oreja era horrible... pero ¡Nunca digas nunca! Porque ahí estaba yo, decidiéndome a compartir velada con él, esperando que todo lo demás fuera lo suficientemente bueno para obviar el detalle de la altura, del pendiente y de la barriguita. Sí, para más inri la camisa tan ceñida le hacía barriguita. Lo pensé mejor, aún estaba a tiempo de entregarle mi brazalete azul a cualquier chica que pasara cerca. Pero no se levantaba nadie de su mesa...Cuando abrió la boca y solo me dijo que le gustaba mi peinado quise desaparecer. Me he tirado dos horas maquillándome, vistiéndome, eligiendo zapatos… ¿y sólo te fijas en la coleta que me he hecho en dos minutos? Quise pensar que sólo estaba intentando romper el hielo y que me sorprendería durante el resto de la noche. Y me sorprendí, ¡vaya si me sorprendí! Pero no tanto por él.
No sé, desde que nos sentamos no paró de hacer eso de morderse el labio y toquetearse el pelo, parecía un poco desesperada por “calentar el ambiente”, que ya de por si lo estaba ¡menudo calor hace aquí dentro! Y mejor no hablo del olor, al principio pensé que era yo, que mi ducha de cinco minutos no había sido suficiente, pero ahora entiendo que… “eso” de detrás de la cortina era lo que estaba empezando a oler raro. No es para menos.

Cuando nos sentamos a la mesa, comenzó a sudar y yo intenté esquivar mi vista de su frente perlada. Tampoco soporto el sudor en un hombre. ¿Serían los nervios? Vi que empezaba a mover la nariz como si estuviera intentando adivinar la procedencia de algún olor. Me vino a la mente la imagen de un perro cuando olfatea el lugar para soltar el pis. Mira que lo intenté, pero no pude evitar que esa imagen invadiera mi pensamiento. Y entonces, yo también reparé en el olor. Yo sabía que no provenía de mí. Me duché durante media hora, me eché desodorante dos veces y me perfumé en tres ocasiones. Bueno cuatro, me acabo de acordar que antes de entrar al restaurante volví a perfumarme en un callejón.  Entonces sospeché que ese olor podía ser suyo. Cuanto más nervioso más sudor, y cuanto más sudor más olor y, daba la casualidad, que cada vez el olor era más intenso. Respiré tranquila al comprobar que el olor provenía de detrás de la cortina que había a mi espalda y no de mi acompañante. Más tranquila, o no...

No soy muy buen conversador, por eso prefiero mirar intensamente, eso vale más que mil palabras ¿no? Ella pasó por una breve etapa de “sobre información”, habló como una cotorra sin dejarme tiempo a pensar cómo entrar en sus desvaríos, y luego pareció quedarse sin nada más que soltar, un alivio la verdad. 

El resto de la noche se la pasó prácticamente callado, mirándome con sus inquisidores ojos verdes, haciendo como el que me escuchaba y, claro, yo tuve que hacer sobreesfuerzos por entablar conversación. Primero porque mis recursos se estaban agotando y segundo porque me estaba poniendo nerviosa con esos ojos verdes clavados en mí.

De todos modos, creo que no habrá tenido queja de mi hasta ese punto, pero solo hasta ese punto, porque lo de la copa de vino volcada sobre la mesa, derramando rosado por todas partes no le sentó nada bien, juro que la vi dar tal salto huyendo del recorrido del vino que pareció levitar unos segundos. Desde ahí noté que empezó a dejar de intentar poner morritos, notaría que no funcionaba conmigo. 

Y para colmo ¡la copa! ¿Se puede ser más patoso? Tuve que levantarme para que el vino rosado no manchara mi azulado vestido. Desde aquel momento tuve clara una cosa… ¡Sólo quería huir de aquel lugar! Mi amabilidad se esfumó y mi humor no podía ser peor.
De ahí pasó a mostrarme que es una chica con carácter, dura, con ideas claras. O algo así, porque armó una buena al probar su plato, “Congelado es decir poco”, casi escupió al probarlo. Yo no soy un hombre que necesite que le dominen, la velada decaía por momentos, y creo que ambos lo notamos, aunque ella menos, en el fondo notaba que ella quería seguir intentándolo.
Sí, sí podía ser peor. Cuando se acercó el camarero para servirnos… ¡Mi comida estaba fría! Estaba tan entretenida discutiendo con él, que no me di cuenta de que mi gran oportunidad de escape se estaba produciendo.

¡Ring ring! Salvado por el móvil, llegó el turno de mi colega, que tal y como acordamos, me llamó para sacarme del aprieto, si la cosa no iba bien, ahí tenía mi excusa para dejarla plantada “Mi padre se ha puesto enfermo” “la casa está ardiendo” o “mi perro me divierte más que esta cena de pitiminí” que por cierto, voy a tener que pagar y me voy a desangrar aquí mismo como esta chica pida postre.  La excusa del perro se acercaba más a la verdad,  habría sido histórica, y su cabreo… de campeonato, claro. Pero todo cambió ahí, mientras yo fingía estar concentrado en la llamada, ella se disculpó con su finura y elegancia rondando por toda la mesa, y se fue al baño. No es que estuviera contenta, ya no era un secreto ni para las moscas que revoloteaban por las cortinas, pero noté que a pesar de todo le interesaba, me dio pena que la cosa no fuera bien, pena por ella sobre todo. 

El móvil de mi compañero de mesa, por llamarlo de alguna forma educada, sonó y él no tardó  en disculparse para atender “una llamada muy importante”. Sin tiempo que perder, me excusé para ir al baño. Necesitaba tiempo para inventarme una excusa y salir corriendo de allí. Mientras me retocaba los labios ante el espejo, intenté inventar una excusa o dos, por si la primera no funcionaba, ¿o mejor ser sincera y decirle que había sido la peor cita de mi vida? Bueno y eso porque no sabía todo lo que vendría después… 

Había que hacer algo, pues uno tiene dignidad y una imagen que mantener, y ya se sabe que si te tacha una chica en su lista, el resto de chicas del mundo se hará eco de ese tachón y difícilmente volvería a tener una cena con alguien del sexo opuesto. Por eso quise acercarle la silla cuando volvió del baño, con los morros más brillantes si cabe (algo tenía que hacer para compensar, si es que soy un trozo de pan) y haciendo honor a mi torpeza (tengo los pies muy grandes) me llevé a rastras la cortina de la pared que había detrás, sacando a la luz… el pastel, ¡el meollo! El motivo por el que esta cita, al igual que a ella (que forma parte de todo un conjunto de lujo) no la olvidaré jamás…

Cuando regresé del baño, aquel hombre sacó la caballerosidad que había estado escondiendo toda la noche y me quiso ayudar a sentarme. Vale, un pequeño avance sí que fue. Pero con tal mala suerte (él también se habría cruzado con un gato negro y habría pasado por debajo de la misma escalera que yo de camino) que se llevó consigo la cortina que había justo detrás de mí. Yo me levanté de inmediato y mi cara de espanto no pudo ser más expresiva. Lo que descubrí fue la guinda que le faltaba al pastel, el remate final a la cita más desastrosa que una persona puede tener en su vida… 



Aleksei Pavlov, el camarero más desastroso que había pasado por el restaurante “Le Classique” acabó donde todos esperaban. No detrás de la cortina de una de las mesas más refinadas del local (ahí acabó, sí, pero eso no lo sabía nadie entonces), sino en la calle, porque fue despedido en cuanto vieron que más que servir mesas, Aleksei se servía a si mismo toda clase de bebidas alcohólicas para “sobrellevar” la jornada”. No se lo tomó nada bien cuando, ya terminada la jornada de tarde (y bien tarde), Aleksei blasfemó ante sus jefes en un ruso nativo de lo más amenazador, pero no tardaron en echarle a “seguridad” encima, y acabó en la calle. ¡Era de esperar!

Ni los policías ni los jefes del restaurante, y mucho menos la pobre pareja que sufrió los olores del cadáver, podían explicar cómo había acabado entonces detrás de aquella cortina. Eso es porque nadie podía suponer que Aleksei guardaba una de las llaves del almacén de las bebidas, que utilizó la noche anterior para asaltar el rincón del whisky más selecto y vengarse. Luego, cuando ya estaba satisfecho (es decir, cuando no era capaz de caminar sin comerse las esquinas de los muebles) salió del almacén para sentarse un rato. Podéis imaginar la torpeza de un pobre borracho, al que la barriga le dificulta ser tan ágil como debiera. No tuvo más remedio que avanzar pegado a la pared, pero la cortina que tan mala pasada le jugó al chico de la chapita roja, se la jugó mucho peor a nuestro camarero en paro, que tras pisar el borde, resbaló hacia delante y con tan mala suerte, que su cabeza chocó con el gancho que debía sujetar a la cortina, para no volver a levantarse jamás. Nadie reparó en que aquella cortina estuviera suelta, y al día siguiente, el restaurante inició su jornada de tarde con un camarero de menos, por lo que la limpieza y orden de aquella sala dejó bastante que desear, tanto, que a cierta pareja le dio un motivo para estar de acuerdo, al fin, en algo: “aquel suceso jamás lo olvidarían”.

El chico, se quitó su chapita roja y la guardó en el bolsillo del pantalón. La chica, lo vió en la distancia, y le imitó dejando caer en el bolso su brazalete. En ese momento, ambos se miraron fijamente y algo nació en sus corazones. La  carcajada se dejó escuchar por primera vez en “Le classique”, atrayendo miradas desconcertadas. Pero a ellos no les importaba, era el único momento en el que estaban dejándose llevar. Un policía llegó para interrumpir el contacto visual, pero esta vez, ambos buscaron la manera de seguir manteniendo la mirada. Se reencontraron con las cabezas ligeramente torcidas para ver a través del inoportuno agente, compartiendo una sonrisa que ninguno de los dos podía malinterpretar. 

Salieron del local cogidos del brazo con una cosa bien clara: La próxima cena sería en casa de ella. Algo que ambos esperaban con ansias. Porque Aleksei Pavlov fue un desastroso camarero durante toda su vida, pero en una sola noche (de cuerpo presente), se convirtió en la mejor celestina.




4 comentarios:

  1. Hacer este relato con Silvia ha sido muy divertido, por lo que espero que al leerlo se transmita eso mismo y lo disfrutéis. Un saludo!

    ResponderEliminar
  2. me a gustado un monton!divertido si señor......

    ResponderEliminar