martes, 1 de julio de 2014

RELATO: RECUÉRDALO SIEMPRE DE MITA MARCO



¡Hola Tentempitos!

Hoy os traemos otro relato, que ha querido compartir con nosotras y con todos vosotros: Mita Marco. Muchas gracias por querer colaborar con nosotras aportando tu relato a nuestro Rincón de Relatos. El equipo de Tentempié Literario espera que disfrutéis mucho con su lectura, porque realmente merece la pena leerlo. Enhorabuena Mita Marco por regalarnos este trocito de historia.

Os recordamos, como  siempre, que en nuestro Rincón de Relatos hay un espacio para quién quiera animarse a escribir y compartirlo con nosotros y, por tanto, también con vosotros. Porque este espacio no es solo nuestro, también es vuestro. 

Y sin más, os dejamos con:
 Recuérdalo siempre.

—Hijo, creo que ha llegado el momento de que te hable de algo muy importante, así que presta atención porque puede ser que, en el futuro, lo que te voy a contar te cambie la vida. —Carraspeó y se acomodó en el sofá—: Todavía recuerdo el maravilloso día que conocí a tu madre, al verla me dio un vuelco al corazón y sentí un gran entumecimiento en las piernas. No, no te exagero. Aquella fue la razón por la que me encontraba en el hospital donde ella ejercía de enfermera. Por aquel entonces yo era jornalero y trabajaba en el campo cogiendo fruta de temporada. Ese día sucedió un accidente y cayeron sobre mis extremidades una fila entera de cajas llenas de fruta.

Cuando llegué al hospital y la vi frente a mí me quedé sin habla, como intentando averiguar si tanta belleza podía ser real. Y cuando me sonrió por primera vez lo supe, estaba enamorado.

Gracias a Dios, después de pasar por varias pruebas médicas, tu madre me informó de que mis piernas estaban bien, pero yo en vez de prestar atención a sus indicaciones, sobre las pertinentes curas en las rodillas, la invité a cenar dejándome llevar por un arrebato. Para sorpresa mía aceptó y quedamos esa misma noche en un pequeño restaurante donde la invité a pizza. Si, ya sé que la pizza no es muy romántica ni elegante pero con el mísero sueldo que cobraba no podía permitirme grandes lujos. En la cena descubrimos que congeniábamos muy bien, me contó que era hija de un aristócrata, que estaba prometida con un tipo al que apenas toleraba por deseo de su padre, al cual temía desobedecer por estar enfermo del corazón, y que después de la boda debía marcharse al extranjero a vivir con su futuro marido. Aquello desinfló mis esperanzas, pero me gustaba tanto su compañía que compuse una falsa sonrisa y continuamos con nuestra charla.

Después de aquella cita hubo otras muchas más. Cuando estábamos juntos el tiempo parecía detenerse y sólo éramos conscientes de nosotros. Hasta que al fin llegó el día en el que no aguantamos más y dimos un gran paso hacia delante.

Aquella fue una de las épocas más felices de mi vida. Nos veíamos a diario, hablábamos, reíamos, nos besábamos, hacíamos el am….Bueno, basta de detalles. Hay cosas que un hijo no tiene por qué saber de sus padres. La cuestión es que éramos felices.

Pero todo cambió una tarde al terminar mi jornada laboral. Al llegar a casa me encontré un lujoso coche aparcado enfrente. De él salió un hombre, ya entrado en años, que andaba ayudado por un bastón. Me exigió que, si de verdad la quería, dejara en paz a su hija. Me recordó mi precaria posición social y me acusó de querer convertir a su preciosa flor en una “chacha” cuando con su prometido no tendría ni que mover un dedo. Con pesar reconocí que tenía razón, yo no podía darle ninguna comodidad de las que estaba acostumbrada y tras un rato decidí que esa misma noche, cuando nos viésemos, le diría que no podíamos seguir con lo nuestro. Pero no apareció a nuestra cita. A partir de aquel día no volví a saber nada de ella.

Llegó el día de su boda y lo único que hice fue quedarme sentado en mi habitación escuchando el repiquetear de las campanas de la iglesia donde se desposaba con el otro hombre. Por cada campanada un puñal en mi corazón.

Pasó el tiempo y mi dolor se fue apagando. Ya no tenía esperanzas de volver a enamorarme porque mi alma todavía seguía siendo de tu madre. Los años volaron como si nada y de pronto, un día, nos volvimos a encontrar. Cuando vi su cara de nuevo sentí en el pecho algo parecido a un martillazo. Me encontraba en el hospital por otro accidente laboral y lo último que esperaba aquel día era verla allí.

Cuando nuestras miradas se encontraron todo el dolor y el tiempo perdido desapareció. Nos fundimos en un desesperado abrazo y desde entonces prometimos no separarnos jamás. Me contó que tras dos años de sufrimientos y discursiones se había divorciado de aquel tipo. Me pidió perdón por aquella cita a la que no se presentó, estaba asustada por las amenazas que su padre lanzó contra mi persona si no dejaba de verme. Yo por mi parte también me disculpé por lo cobarde que fui al no ir a buscarla entonces. —Hizo una pausa y sonrió con algo de pesar—. Ya ves, hijo, tu madre y yo perdimos por temor un tiempo valiosísimo en el que pudimos estar juntos. Jamás dejes que nada ni nadie se interpongas entre lo que deseas. Lucha y se fuerte hasta conseguir tus metas, si crees que éstas te van a hacer feliz.

—Cariño, ¿qué haces? —preguntó su mujer que hasta entonces dormitaba a su lado en el sofá.

—Le cuento a Gorka nuestra historia y le doy unos cuantos consejos.

—¡¿A Gorka?! Pero si todavía no ha nacido —rió la mujer acariciando su abultado vientre—. Y aunque lo hubiese hecho no podría entenderte.

—No importa que todavía no me oiga, o no me entienda. Estoy seguro que ahí dentro puede sentir y por eso quiero que sienta que sus padres lo van a apoyar en todo, que le darán la mano para levantarse cuando se caiga y un empujoncito para que aprenda afrontar la vida con valentía. Tiene que saber que la vida, por norma general, no da segundas oportunidades y si pierde el tren es muy probable que jamás vuelva a cogerlo. Tiene que saber que lo querremos pase lo que pase y elija vivir de la forma que elija.

—Vas a ser un padre maravilloso, cariño.

—No te puedo asegurar eso todavía, lo que sí puedo asegurarte es que lo voy a intentar todos los días de mi vida.

Su mujer lo besó con amor en los labios.

—Así que ya sabes —dijo el hombre dirigiéndose hacia la barriguita de su mujer y dándole un suave beso—. Tú puedes conseguir lo que te propongas, recuérdalo siempre, pequeñín.

Mita Marco. 



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